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Artículo: Puertas Abiertas Mayo 2005 - Volver al pueblo
VOLVER AL PUEBLO



En algunas fechas, nuestros pueblos pequeños se animan de existencia. Por Navidad, Semana Santa, las fiestas de agosto, casi al completo. Luego?
Años ha, los planes de desarrollo, la revolución industrial y la escasez de horizontes económicos en el pueblo para encarrilar el mañana de los hijos, impulsaron a muchas familias del mundo rural hacia las ciudades. Una especie de destierro que siempre arrostró las huellas de las raíces.
En la urbe, te acoplas al cambio, aunque sea brusco, que Dios está en todas partes. Incluso se traspasan parte de esas raíces allí donde encuentras ¿por qué no? otro calor, otra amistad y, sobre todo, trabajo. Y vas extendiendo tu propia familia, pero el pueblo, sigue tirando y regresas cuando puedes al tiempo pasado.
El coche vislumbra el caserío, que preside la esbelta iglesia, y sientes un mudo abrazo de bienvenida. Llegas, descansas, recuperas el pulso del viaje y te asomas a la ventana de atrás. Y allí siguen los tejados añosos, los corrales vacíos y un pozo como dormido de aguas.
Al día siguiente, los gorjeos de los gorriones parecen disputarse la alegría del nuevo día. Uno de ellos, con la coronilla encrespada, parece más revoltoso, y creo acabaría conociéndoles uno a uno si viniese a menudo. Ya en la calle, un hombre de manos enjutas pasa encorvado y tose. Una mujer se cruza y le dedica un adiós con media mirada.
Suena despacio la campana del reloj municipal y los viejos caserones, de majestad pasada, están vacíos de pisadas de niños, de suspiros de mozuelas y consejas de ancianos. Si entornas los ojos, casi escuchas la voz de tus antepasados que susurra contenta tu regreso. Luego, en tu campo de siempre aspiras el tomillo y te recreas con el pausado vuelo del alcotán. A lo lejos se oye el tran tran laborioso de un tractor. Y vuelves la mirada hacia el pueblo anclado en el paisaje, y te preguntas: ¿Por dónde caminará su futuro?
Tuve que marchar pero he vuelto, aunque por días. Sueño un pueblo apartado de polémicas y pequeñas envidias. La noche del campo, larga y callada, estimula la imaginación para hacer algo por ese firmamento azul y esa tierra parda que nos vio nacer. Si nos cruzamos de brazos, seríamos esos caserones vacíos, llenos de silencio, viejos de tiempo y esperanza.
La vida nos lleva con su ley pero el pueblo nos acoge siempre con la suya. Y tú, que pudiste quedarte: ¿Acaso no tienes que estar agradecido a ese cielo que te cobija y a la fuente que te dio de beber? Yo, curtido de añoranzas y andador de otros caminos, me siento agradecido de volver.

Carlos Barragán Bermejo
02-06-2005 | Enviar
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